Joyeux Anniversaire Richard!

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Conocen a alguien que siga sus sueños no importa lo que pase? Pues yo sí, y ese es el Richard! Y hoy es su cumpleaños! Felicidades!!!! Si quieren ver lo talentoso que es lean esta historia :)

Imagen de tarde o temprano

… que lentamente nos consume

Faltaba poco para la medianoche. No me había percatado que llevaba horas con mis dedos deambulando sobre las teclas del piano, sin tocar, sin inspiración. La noche adquiría sus gradaciones más oscuras y yo no podía cerrar mis ojos, ni para concentrarme, ni para dormir. Algo se escuchaba siempre a la misma hora, no sabía qué.

Era un sonido que me tenía inquieto y malhumorado ya por varios días. Era como una voz quejumbrosa que me acosaba y que se revolvía con otras voces igual de dolientes, todas moviéndose de aquí para allá, al capricho de un viento que de pronto azotó la ciudad.

¿Quién podrá ser a estas horas? Me asomé por la ventana del salón.

El timbre volvió a escucharse. Nunca llegaban visitas a medianoche. Me puse la bata y una vez más…, la tercera llamada me puso nervioso. Caminé alerta hacia la puerta. Nadie podría culparme de ello, no en la Ciudad de México. Mientras me acercaba a la entrada, la sensación de incertidumbre, lejos de repelerme, me atrajo. ¿Quién podía ser?

—¿Quién? —pregunté por el intercomunicador. No hubo respuesta. El timbre sonó de nuevo. Decidí abrir la puerta en un acto totalmente imprudente y suicida. Por razones que en ese momento no tenía claras, estaba dispuesto a quedar a merced de cualquier peligro que quisiera visitarme esa noche.

—¿Manuel?
—Sí, ¿quién es ust…?

La ensombrecida figura que tenía enfrente fue adquiriendo forma, y cuando lo hizo, mi corazón lanzó un fuerte grito: ¡Es él! ¡No era posible!

—¡Gibrán! —exclamé.
Él sonrió, yo me estremecí, y el viento, como impulsado por la boca de mil demonios, nos rodeó con su corriente de aire. Y yo rodeé a Gibrán con mis brazos.
—¡Pasa! —lo reconvine, emocionado—, el clima es espantoso.

Me encontraba todavía atónito por su inesperada visita cuando una sombra irrumpió en la casa antes que él se adentrara. Al inicio no pude distinguirla del todo, pero la luz del interior contorneó sus fronteras. Era un lobo. Un horrible animal de rapiña. Me quedé paralizado, estupefacto. La mano de Gibrán sobre mi hombro me sosegó parcialmente. El sigilo que adoptó el animal me reveló que entre él y Gibrán existía una identidad que provenía, sin duda, de un orden que me sobre pasaba.

—Toma asiento. Por favor —dije sin despegar los ojos del animal. El lobo caminó en círculos y terminó recostándose a los pies de Gibrán quien había ocupado un lugar en el sofá. La situación era inverosímil.
—No puedo creer que estés aquí —le dije honestamente— ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que nos vimos? ¿Veinte, treinta años? Durante ese tiempo ni una carta, ni una llamada telefónica. Creí que jamás te volvería a ver. Y mira, así, sin avisar, apareces como de la nada. ¿Cómo me encontraste?
—Es una larga historia y no quiero aburrirte. Mejor dime qué te has hecho. Cuéntame.
Gibrán se veía ora fatigado, ora fantasmal. Parecía como si hubiese venido desde muy lejos, llamando a muchas puertas hasta que finalmente una abrió.
—Veo que sigues tocando el piano —dijo ante mi silencio.
—Sigo en la batalla. En dos semanas daré un recital en San Ildefonso. Tocaré un poco de Debussy…
—Claire de lune es fantástica.
—… Schumann, Bouquet.

No atiné a decirle mejores cosas. Sentía que las palabras tropezaban unas con otras al filo de mi boca llena de nudos. Me sentía tan sorprendido y aterrado que era incapaz de decirle con tino lo mucho que significaba que estuviera aquí.

—¿Y la actuación? —alcancé a articular después de varios minutos.
—Oye, Manuel—clavó su mirada en mi sortija.
—Gibrán. Estoy casado.
—No…, yo sólo… Entiendo…, debe… Felicidades.

Me acerqué a él. Tomé sus manos. El agudo silbido del viento se hizo más amenazante. Lo miré con detención. Las líneas de su rostro se movían constantemente.
Era Gibrán y al propio tiempo era otro hombre y otro más y de nuevo era Gibrán, pero sólo para cambiar de nuevo. En ese instante comprendí que Gibrán podía ser quien yo quisiera. Desconocía si él veía lo mismo en mí.

Gibrán observó luego el ladrillo color gris del suelo, después vagó su mirada por la estantería donde estaban mis libros, por los objetos de cerámica, por las paredes y por las vigas del techo. Sus ojos se detuvieron en la cortina clara de la ventana que se inflaba y se movía azarosamente por obra del viento. Permaneció absorto, observándola como si hubiese en ese movimiento algo legible, aterrador.
Se volvió con una pregunta en los labios:

—¿Qué tanto recuerdas de mí?
Fruncí el entrecejo.
—¿De qué hablas? —cuestioné con extrañeza.
—Hace mucho tiempo que no hablo con alguien. Quisiera estar más tiempo aquí contigo, en tu casa. Sé que es tarde y que estoy importunándote.
—Para nada, Gibrán. Me da gusto que estés aquí.
Gibrán murmuró su nombre.
—Sí —dije—, Gibrán.
—¿Y tú serás Manuel ?—me preguntó.
—Yo seré Manuel.
Estuvo un rato meditando, como confeccionando lo que tenía que contarme.
Después dijo:
—Está bien.

Gibrán habló y yo lo escuché. Nos remontamos a los años en los que él pertenecía al Teatro de Vanguardia. Actuar era su gran pasión y yo admiraba sin empachos sus dotes de histrión. Gibrán era de temperamento sanguíneo. Tenía fama de ser muy volátil y eso le granjeaba muchas antipatías. Por mucho tiempo fue un actor itinerante que no era aceptado en los grupos de teatro del momento, o que, al poco tiempo de ser adoptado por uno, era expulsado por sus muestras de inestabilidad.

Había que ser demasiado inestable para que un actor fuese expulsado de una compañía por otros actores. Gibrán era así. Con el tiempo, logró hacerse de un lugar perdurable en el Teatro de Vanguardia, y en una
representación celebrada en la Escuela de San Carlos, un sujeto subió al escenario y roció con ácido a los actores. Gibrán era uno de ellos. A partir de ahí, el recorrido errático de Gibrán se recrudeció. Entró en una profunda depresión. Debido al ataque, su rostro había quedado gravemente herido.

Yo me matriculé en el Conservatorio de Música de Valencia y emigré al otro lado del Atlántico y no lo vi más sino hasta esa noche, casi treinta años después. Su recorrido todavía era errátil: una enfermedad lo devoraba lentamente. Gibrán no poseía un ingreso estable. La actuación no estaba interesada en rostros viejos y diezmados como el suyo, y su dependencia a las drogas duras lo aislaba del mundo. Gibrán me confeso todo esto mientras acariciaba con sus dedos el pelambre grisáceo del lobo que, poco después, se incorporó y empezó a husmear por la casa, como reconociendo en ella lo que sería su nuevo cubil.

En ese momento, el quejumbroso sonido que me tenía inquieto y malhumorado se escuchó fuerte en la sala. Lo reconocí al fin. Era mi propio llanto, era la rabieta ahogada y reprimida de una fiera que yo había confinado en un escondrijo dentro de mí, por años, por largos años.

—Es tarde, Manuel. Lo mejor es que me vaya —me pidió un vaso con agua.
Fuimos a la cocina y después de beber, sin más, lo rodeé con mis brazos y nos besamos. Cuando su pecho entró en contacto con el mío, ese sentimiento que nunca le confesé vino a mí como un murmullo del pasado: “si este mundo se incendiara, su pecho sería el único lugar que me mantendría a salvo” Intercambiamos números telefónicos y prometimos vernos de nuevo.
—Gracias por venir.
Gibrán se fue.

Cerré la ventana y decidí regresar a mi habitación. Antes apagué las luces del salón y la cocina en espera de que esos enormes ojos brillaran en la oscuridad. Pero no los vi. Sólo escuché la amenazante respiración acompasada de un animal que dormía agazapado entre las sombras.

Falta poco para la medianoche y afuera sigue haciendo un viento terrible. Parece que miles de bocas soplan a la vez extinguiendo vidas y revoloteando memorias. ¿No lo crees, Ana?

Pero ella dormía sin sobresaltos y no le reproché nada. Sólo me cercioré que estuviera bien cobijada. Supongo que eso hacen los buenos esposos. En ese pesado silencio, comprendí que si quería un interlocutor, afuera podía encontrar a miles de seres inmateriales errando por las calles ávidos por escuchar y ser escuchados. También podía salir y comenzar a llamar con los nudillos a cada casa. En sus interiores habitan por igual seres con la misma necesidad.

Miré por la ventana de la habitación para buscar a esos sonámbulos, pero lo que encontré fue una ciudad con un trastorno distinto. El pavimento, los coches, las casas, los árboles, el frío, la noche, todo, todo había perdido de repente ese tono sentado que los hombres le daban a sus objetos, a sus vidas, a sus preocupaciones. En esa incómoda desnudez, todo era como siempre lo había sido: sin importancia. Sin importancia.

Bajé al salón y tras comprobar que la puerta principal estaba cerrada, me senté al piano y no pude tocar. Me di cuenta que no sabía hacerlo, que incluso no lo había hecho nunca. Cuando le hablé a Ana de un presunto amigo actor llamado Gibrán, no supo a qué hacía referencia. “No sé de quién me estás hablando, Fernando”. ¿Fernando? Hablé entonces al número que me había dado pero ahí no vivía nadie ni había vivido nadie con
ese nombre. A tenor de los resultados, yo no tenía ningún amigo actor, ni conocía a alguien llamado Gibrán. Hice un esfuerzo descomunal por recordar el nombre con el que yo me había presentado ante él, pero la imposibilidad sólo lograba consumirme lentamente.

Agobiado, me cubrí la cara con las manos y permanecí contrariado e inmóvil, escuchando la respiración de ese horrible animal.

Fue entonces cuando un insondable y grisáceo vacío comenzó a devorarme.

Ricardo Zárate Flores

Registro INDAUTOR: 03-2008-110714105600-14

2 Comments

  1. Juls

    Richaaaaaaaaaaaaaaaaaaaard!!!!
    Chaleee.. olvide felicitarlo :(

  2. Juls

    Y una vez mas.. me gusta lo que escribe el Richard!!!
    Pronto Richard.. muy pronto!!!

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