El día en el que me volví vegana

¡Las donas veganas existen!

¡Las donas veganas existen!

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En el 2010 conocí a una de mis mejores amigas, Saydée de @Vegabonding. La conocí por twitter, yo vivía en Shanghai y ella en México. Desde nuestros primeros tweets sentí que nos llevaríamos muy bien y cuando nos conocimos en persona hicimos click al instante.

Empezamos a conocernos mejor y descubrí que era vegana, especialmente cuando me invitaba a comer a su casa y los platillos incluían puras verduras, eso sí, todo era siempre delicioso.

Me parecía muy raro que alguien no quisiera comer tacos al pastor o queso, QUESO. Confieso que la juzgué un poquito y hasta sentí un poco de tristeza, ¿por qué alguien querría privarse de comer un pastel de tres leches? mi entonces favorito.

Pasó el tiempo y me familiaricé con sus costumbres aunque me parecieran raras. Hay que aceptar a los amigos como son, siempre pensaba.

Pero poco a poco empecé a interesarme sobre su estilo de vida. Poco a poco me mostró un mundo que no conocía y que tenía muchas cosas que hacían sentido. Sin ella, nunca hubiera considerado la posibilidad de comer diferente. Por eso creo firmemente que las personas llegan a tu vida por una razón. Gracias, Saydée por llegar a mi vida.

Hoy puedo identificar claramente eventos que viví y me ayudaron a tomar la decisión de ser vegana, estos son los más representativos.

La adopción de Tobbe y Lasse, mis dos gatos. Era la primera vez que estaba tan cerca de dos animales. En mi casa tuvimos varias veces perro, pero nunca los sentí míos. Eran los perros de la casa, y aunque los quería, creo que realmente nunca tuvimos una conexión tan cercana como la que tengo con mis gatos.

Tobbe se enfermó y experimenté una gran empatía por su dolor. Lo único que quería es que estuviera bien y que se quedara conmigo hasta que fuera viejito. Luego por alguna razón recordé un fragmento del libro “Eating animals” de Jonathan Safran Foer donde pregunta ¿Por qué no nos comemos a nuestras mascotas? y habla de la relación lejana que tenemos con los animales que nos comemos. Todo lo compramos en el súper y al menos yo puedo contar las veces que he visto a un pollo en vivo y a todo color. Yo podía beber medio litro de leche al día y nunca pensar en las vacas, o al pensar en ellas me imaginaba vacas felices, pastoreando en los campos suizos, donde todo es verde. Mi idea de las vacas felices no podría haber sido más errónea.

Mi digestión era pésima, sufría de gastritis y aprendí a vivir con dolores de panza. En el 2007 experimenté un dolor horrible, llamado gastritis, fui al doctor y como siempre en estos casos me recetó una dieta blanda y me prohibió los lácteos, azúcar refinada y harinas. Me deprimí un poco porque eso significaba decirle adiós a mi leche y concha de chocolate que me comía todas las noches. Seguí la dieta unos días pero luego me sentí mejor con el medicamento y me olvidé de sus instrucciones. Siempre que comía quesos o lácteos sabía que iba a sufrir pero no me importaba. ¡Es que los quesos son taaaan ricos! siempre pensaba, además del clásico “estoy chava, esto se me pasa rápido”. Nunca se me pasó rápido.

Pollos muertos sobre hielo sin protección alguna. Iba caminando hacia mi antiguo trabajo y vi pasar una camioneta llena de pollos muertos a la intemperie. Me dio mucho asco, y pensé que cada segundo que pasaban bajo el sol, el polvo y la contaminación hacia su descomposición más rápida. Quien me aseguraba que alguno de esos pollos no me los iba a comer yo. Luego me dio tristeza pensar en la vida de los pobres pollos, ser criados en espacios parecidos al metro hidalgo en la hora pico, ser inyectados con miles de hormonas y luego sacrificados para andar de paseo por la ciudad sin respeto alguno para terminar en nuestros platos. No me pareció que tuviera sentido comerme una pechuga empanizada ese día en el trabajo y solo comí frijoles y ensalada.

Los treinta. Yo soy de esas personas que cada cumpleaños deciden cambiar algo para mejorar, así que en mi cumpleaños decidí hacer algo radical, algo que me beneficiara y que me costara trabajo, que pusiera a prueba mi fuerza de voluntad, que me obligara a salir de mi zona de confort y me volviera creativa. Algo que me forzara a aprender, a leer y a informarme. No sabía bien que iba a proponerme, pero empecé a ligar los eventos que les mencioné y todo apuntaba a aventurarme a cambiar de estilo de vida, decidí ser vegana.

La decisión fue de un día al otro. No tuve tiempo de despedirme de los quesos, ni de las arracheras, ni del pastel de tres leches, tampoco de la pizza ni del chorizo, de las hamburguesas y mucho menos de mi concha sopeada con leche bien fría. El proceso no fue tan dificil pero tampoco fue fácil, pero sobreviví. Desde ese día no he vuelto a consumir productos de origen animal y creo que nunca volveré a hacerlo.

Me gustaría compartirles más de este proceso, pero eso lo haré en otra ocasión que este post ya esta bastante largo. Con suerte puedo ser yo esa amiga vegana que estás buscando.

¡Gracias por leer!

Life is life – whether in a cat, or dog or man. There is no difference there between a cat or a man. The idea of difference is a human conception for man’s own advantage.
—Sri Aurobindo

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